Estación de Dart de Pearse, Dublín. 2020

Si sois como yo, que no podéis parar de patear ciudades, descubrir calles nuevas, rincones que sólo los locales conocen, otros que ni siquiera ellos saben que existen, montañas, parques, caminos, acantilados y centros llenos de gente… Habréis notado que nada está como antes. Precisamente, ¡está todo del revés!

Las sonrisas se tapan, no hay complejos de nariz, papada o barbas desarregladas, nos comunicamos con la mirada o el lenguaje universal, los bares están en la nevera y hemos hecho posible quedar en la distancia tomándonos unas cervezas, las citas a través de la pantalla se han normalizado, los colegios pueden estar en casa, los padres pueden ser profesores de repaso y la mayor parte de los trabajos son ejecutables desde cualquier lugar con una conexión a internet, y los que no se pueden sustituir por máquinas.

El ser humano nace con la virtud natural de la adaptación, demostrada durante toda su evolución, tanto física como psicológica e intelectualmente. Sólo que nadie pensaba que de un mes para otro tendríamos que adaptarnos o morir.

El año pasado una amiga me animó a hacer una de las cosas que más vergüenza me daba, tocar en un piano público en Connolly Dart Station en Dublín. Ella vio cómo mis ojos brillaban cuando veía aquella maravilla tan accesible y como mis dedos querían irse a aporrear teclas, pero no iba nunca. Lo dejaba pasar. Al final, una noche, cuando Irlanda dormía, pasamos por allí y me dijo, ¿por qué no?

Agradezco aquel día que me empujó a hacerlo, porque fui feliz, y repetí ese instante cada vez que pasaba al lado de ese piano. Incluso variaba mi ruta para cruzarme con ese piano. También busqué otros pianos públicos donde poder pasar un rato de desconexión y felicidad, y quién pasará por detrás, que corriera o se quedará a escuchar, ya me daba igual. Puse una parte de mi mundo del revés, y fui feliz.

Paseando por el centro de Dublín, me he encontrado con uno de esos pianos que jamás encontré y sólo veía en fotos y vídeos. Pero estaba de cara a la pared, envuelto en plástico y precintado. Castigado.
No he podido dejar de imaginarme el símil con un niño, que por las reglas y leyes sociales actuales (que no actualizadas) tiene que estar contra la pared. Permitidme que me explique.

Un niño tiene la inocencia de no saber todavía exactamente qué son las reglas sociales, y no entiende muy bien que es eso de «la ley». Ellos, ahora, tienen la escuela en casa, ¡donde están sus padres también! Antes se tenían que ir a trabajar… ¡Ahora tienen tiempo para jugar!
Los maestros siguen intentando dar clases de la misma manera que en la escuela, pero desde casa. ¿Nadie se ha replanteado un cambio? Seguramente sí. ¿Les han dejado? Seguramente no. ¿Por qué? ¿Miedo al descontrol? ¿A lo desconocido? ¿Al fracaso?

Desde luego que en educación no tenemos el lujo de fracasar. Vamos a contrarreloj. No tenemos tiempo de ensayo error, porque si nos equivocamos, si fracasamos, supondría la creación de «generaciones perdidas» (Generaciones X, Y Millenials, Z, nativos digitales…), porque nadie tuvo tiempo a adaptarse. ¿No?

Desde hace unos años oímos eso de «fracaso escolar», ¿nos suena?. Seguro que si. Y seguramente, a estas alturas del artículo, estés culpando a alguien por ello;
Si eres alumno, seguramente culpes al aburrimiento que sientes porque las clases de «fulanito» son «infumables».
Si eres padre seguramente culpes al maestro, porque tu hijo se aburre en clase y el maestro no hace nada para motivarle.
Si eres maestro culparás al alumnado que vienen dormidísimos a clase y no prestan atención porque todo les da igual. Y tú no puedes hacer nada porque el director no te lo permite, o no hay suficiente presupuesto.
El director del centro culpará al Gobierno porque hubo recortes en el otro Gobierno porque el Gobierno anterior hizo una «mala gestión».
El Gobierno culpará a la Comisión Europea y pedirá dinero porque no hay suficiente para arreglar todo este desaguisado. ¡O al coronavirus mismo!
El Coronavirus culparía si pudiera a la humanidad.
Y así vuelta a empezar el triángulo dramático.

¿Ubicados?

¿Listos para continuar? Bien.

¿Y quién les ha enseñado el valor de la responsabilidad? ¿Y el de la libertad responsable? ¿Cómo vamos con el respeto, la empatía y la inteligencia emocional? ¿Quién te enseñó a gestionar el dinero que ganas, y tener tiempo de calidad? ¿Pero de qué me estás hablando?

Si estás culpando a alguien, tal vez debas mirar primero cuál es tu parte de responsabilidad en todo este papel. Y entonces, cuando lo hayas conseguido, hacemos que cada cual se haga responsable de su parte. Fácil ¿No?

O también podemos seguir pasando del tema, que para eso están los colegios, los maestros y los padres. Total, esto ya no hay quien lo salve.

El fracaso educativo seguirá vigente si seguimos haciendo lo mismo, mientras el mundo sigue evolucionando y nosotros obtenemos peores resultados porque no vamos al son.

Mientras sigamos poniendo los pianos de cara a la pared porque no somos responsables, no practicamos la libertad responsable, cerramos puertas a la creatividad y nos olvidamos de que la educación en valores es la base de cualquier sistema educativo (y no tanto los contenidos ni las asignaturas) que nos permite evolucionar como especie, seguiremos buscando la felicidad en el baúl equivocado.

NebaíBR